SESION CONTINUA

 

¿Dónde finaliza el camino? ¿Lo sabe alguien? Le pregunté a un cabrero donde terminaba el camino y él me contestó que no lo sabía, que las cabras lo abandonaban siempre antes de llegar a su término y que él se dejaba guiar por el instinto de los animales para encontrar comida y no le preocupaba en demasía conocer el rumbo exacto de las trochas. Le pregunté a las estrellas donde terminaba el camino y algunas me contestaron que hay caminos, muchos, que nunca concluyen, que giran y giran y giran hasta confundirse con el tiempo y acaban revelándose, tras cada circunvalación, completamente distintos a como eran antes. Pregunté también a una brújula donde terminaba el camino y ella me señaló el norte, "dirígete siempre al norte" interpreté que me decía la brújula, cuando lo cierto es que la ruta por la que yo transito, de tantas curvas y revueltas como tiene, avanza hacia los cuatro puntos cardinales y a veces va al norte, sí, pero otras se dirige al oeste, y otras al sur, y muestra, más comúnmente, una marcada predisposición por marchar hacia el levante, al encuentro mañanero con el sol. 

 Me senté en una roca junto al camino a recapacitar, lleno de dudas, y en esas apareciste tú. Al verte, te pregunté donde desembocaba la senda por la que venías, la misma que yo había estado pateando momentos antes, y no supiste darme una respuesta clara. O yo no te entendí bien, quizás. Así, de entrada, empezasté a contarme con bastante decisión del asunto, señalando el nombre de dos o tres pueblos no demasiado conocidos, pero poquito a poco creo que te fuiste liando. Y empezaste a hablar sobre el deseo de buscar la felicidad innato a todos los hombres; de un lugar en el bosque desde el que por las noches se escucha perfectamente cantar a las lechuzas; de una cueva con una fragua de hierro donde años ha se acrisolaron centenares de pequeños cristales rojos para ensamblar vidrieras; del amor inmenso destinado a los hijos, y otras cosas por el estilo, que a mi me confundieron un tanto. Iba buscando un lugar, unas coordenadas precisas, no un muestrario de buenas intenciones o forzadas parábolas manieristas. Pero me gustaba tu voz. Y las cosas que decías, pese a desconcertarme, instigaban mi curiosidad hacia ti. Andabas despacio, entreteniéndote de vez en cuando en oler las flores y seguir con la mirada los colores de las mariposas, y a base de sonrisas dulces -y respuestas cordiales- provocaste que mi ansiedad fuera aplacándose poco a poco. Y atemperándose mis urgencias. Hasta el punto de que cuando me señalaste el humo que brotaba de las chimeneas de algunos tejados de una pequeña aldea y me dijiste que aquella imagen te traía a la memoria las ilustraciones de uno de tus cuentos favoritos de cuando eras niña, sentí dentro de mi algo que podía ser nada menos -supuse- que la felicidad.

 Seguíamos andando codo con codo, sin tocarnos, y tú me hablabas de tu infancia, de tus amigas, de lo mucho que por aquel entonces te gustaba ir al cine. Programas dobles, sesión continua. Miraba asombrado tus enormes ojos verdes y me parecía verdaderamente increíble que me contases a mi todas esas cosas que te pasaban y te habían pasado. Me decías que no eras cobarde pero que no te gustaba estar sola. Pero que últimamente -deseaste matizarme- estabas muchas veces sola y sabías que de no quedarte otro remedio podrías llegar a acostumbrarte bastante bien a la soledad. "Nunca más vas a volver a estar sola" me brindé a ofrecerte como un caballero antiguo, y, aprovechando que en ese instante habían empezado a caer del cielo grandes gotas de agua, te tomé de la mano y echamos a correr los dos juntos a refugiarnos de la lluvia bajo el menguado zaguán de una de las casas de piedra. En unos tiestos plantados con lilas que teníamos a nuestra diestra los pétalos de las flores comenzaban a chorrear. "¡Cómo llueve!", exclamaste. Y te tomé por el hombro, repleto de confianza, lleno de alegría, como si ya te conociera desde hace un montón de tiempo y estuviese locamente enamorado de ti.

 Cuando al fin escampó retornamos los dos al camino, para continuar adelante, sin que ninguno nos decidiéramos a soltar nuestra mano de la del otro. Proseguimos la marcha sorteando los charcos, de la mano, en silencio. Aminoré el paso, me volví, palpé un mechón empapado de tus cabellos y te miré directamente a los ojos con unas ganas locas de besarte. "¿Te puedo besar?". Sonreiste, cerraste los párpados y frunciste los labios. Te besé. Nos besamos.

 Otra vez dentro del camino ibas formulándome, mientras avanzábamos, preguntas y más preguntas sobre mi vida. Lo que pensaba de esto y lo que pensaba de aquello otro y me chocaba que te interesase más enterarte de algo tan bobo como unos amores muertos o mis cometidos habituales en la empresa donde trabajaba que saber el lugar exacto al que la senda por la que marchábamos terminaba por conducirte, tras haberla recorrido de cabo a rabo. Te lo comenté. "Eres tonto ¿por qué le das tanta importancia a eso...? " -me respondiste- "... no ves que hay un sinfín de caminos capaces de guiarte a un millón de lugares". "Ya.. pero todos esos no los he elegido yo" intenté que recapacitases. A cambio tú preferiste retarme: "si a mi ahora mismo me diese por tomar uno de esos otros caminos de los que te hablo ¿que harías, me seguirías?". "No sé".

 De repente echaste a correr a toda prisa por un prado. Y te seguí. Me esparabas, jadeante, de pie encima de una pequeña vereda que había al otro lado de la hierba donde yo jamás hasta entonces había puesto mis pies.

 "Y... bien... ¿qué tal? ¿te encuentras bien?". Estaba un poco sorprendido de tu actitud y volví a responderte otra vez con un nuevo: "no lo sé". Tú, al instante, me echaste los dos brazos al cuello y colmaste mis mejillas de besos. Echamos a caminar de nuevo, los dos juntos, justo en el sentido inverso al que habíamos estado llevando hasta entonces.

 "Tú eres mi camino", te dije. "Yo soy tu camino", me confirmaste sin la menor de las vacilaciones.